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Carta a Afrodita.



Querida Afrodita, te escribo este pliego porque me acuerdo de ti con pasión. No puedo olvidar las noches que disfrutamos haciendo el amor en aquella hermosa cala de arenas puras y blancas, mientras las olas del mediterráneo lamían con beneplácito nuestros cuerpos abrazados y salaban sus heridas abiertas. Entonces te dije que siempre estaría a tu lado. ¿Recuerdas?
Pues bien, aquí estoy, dando vueltas en el mismo mundo – carrusel que tú, y sin embargo, todo resulta tan raro...

He escrito un libro sobre mis batallas. Lo terminé este mes. Me gustaría conocer tu opinión... si alguna vez lo leyeras. Tengo en excelente consideración tu gran sensibilidad. Me agradaría también que no fueras dura conmigo. Sólo he cometido el error de quedar prendado en tu belleza sin siquiera llegar a conocerte. Perdóname. Nunca alcanzaré a penetrar el corazón de las diosas a quienes deseo; estoy condenado. El estigma de la muerte me persigue. No soy bello ni avispado como Adonis, con quien seguramente te hallarás (descuida, ya no siento celos, no le enviaré otro jabalí), represento la violencia y la fuerza ordinaria y grosera. No tengo atractivo; lo sé. Además, decapitar a mis enemigos e incluso devorarlos, constituye mi sublime e inevitable placer. Y, sin embargo, cuando me encuentro a tu lado, sucumbo y me sonrojo ante tu belleza. Claro que eso ya casi no me sucede, cada día me siento más viejo. ¡Pero sigo siendo joven! Y llevaré sin que se apague, la llama de la eterna juventud dentro de mí...

Me habría gustado viajar a la isla de Citera, donde dicen que resides ahora en un precioso palacio labrado en oro marfil y caliza amarilla, y ver desfilar nuestras siluetas ante la luz de la luna, escuchar el craqueo de la lechuza, acoplados en mi cuadriga con bridas de oro, tirada por sus cuatro sementales inmortales que respiran fuego; conocerla y conocerte; disfrutar de sus amaneceres, sus atardeceres y sus fascinantes ocasos...
Te conozco Afrodita, sé que no responderás, es tu inevitable forma de ser. No importa. He aprendido a acostumbrarme a tu silencio. Me habría gustado que comentaras a veces mis hazañas; antes lo hacías, ahora convivo en las frías y abruptas tinieblas: No sé dónde estás...

En días como hoy, donde una densa neblina de un matiz pálido y mortal, vence al brillo del día, te echo de menos. Tú en cambio llevas ese fulgor dentro de ti. El esplendor y la gloria que una vez amé...
Estoy melancólico ¿se me nota? Seguramente sí, Afrodita mía...
Los músicos tocan en el laúd una canción, se llama: “De nuevo en las gargantas de Tibur.” Es bella. Pienso en ti, escribo con las manos frías, el corazón oprimido y mientras aguardo la próxima batalla, bebo un jarro de sangre tibia. Es todo lo que puedo decirte.

Regocíjate en tu inmortalidad,

Un beso.

Ares.


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